PERDER EL MIEDO

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PERDER EL MIEDO

Mensaje  N°4 el Jue Dic 01, 2011 6:51 pm

PERDER EL MIEDO

El apellido de Castilla y Castidad era reconocido en algunos pueblos pequeños de España, pero nunca superó realmente esas fronteras; es por ello que el tercer hijo varón de la familia emprendió viaje a tierra santa para buscar la redención; ya que se pensaba que la familia había caído en desgracia siendo que ninguno de los hermanos mayores tuvo hijo varón alguno, por lo tanto habían sido proscritos por Dios y su apellido desaparecería de la historia.

Con superstición en la cabeza, Juan Antonio de Castilla y Castidad, de la ciudad de Castilla partió a Jerusalén a buscar la paz del alma y engendrar el tan ansiado primogénito; pero al llegar a los muros santos se dio con la sorpresa de que la guerra santa se había extendido, y aunque existía una aparente paz, la cruda y sesgada visión de los templarios destruía toda posibilidad de paz real entre los pueblos.

Los sarracenos habían sido recientemente expulsados de la ciudad, y se decía que ocupaban las tierras del este; cuidadosos y a la espera… se dice incluso que contaban con demonios entre sus filas.

Largo tiempo pasó antes de que Juan Antonio pudiera asentarse apropiadamente, siendo que el nuevo Rey de Jerusalén le otorgó tierras en la frontera sur de los territorios católicos, una zona bastante tranquila, como para que cualquiera se asiente en paz; así conoció dentro de las familias migrantes a Ámbar Petit de Lion, una joven proveniente de las tierras de Francia cuya familia al perderlo todo emprendió viaje con el príncipe de Escocia a pelear en tierra santa, a quien trató de alagar con un sutil cortejo.

La vida fue próspera, la familia Petit de Lion vio con buenos ojos la relación, y así al poco tiempo después de las nupcias la joven doncella estaba esperando criatura, gran expectativa rodeó el nacimiento, el ya no tan joven Juan Antonio rezó día y noche por ser él el elegido para continuar su linaje.

Un sueño sin embargo, revivió un atisbo de angustia, cuando entre nubes y pasteles encuentra una damisela hermosa a la que no puede dejar de seguir…, su aroma dulce es adictivo, su mirada inocente es profundamente atrayente, poco a poco el podre señor de tierras muertas es embelesado por anonadante hermosura.

Cuando por fin alcanza al pequeño pedazo de cielo, trata de tomarle la mano, pero la señorita antes voltea y se da cuenta con dolor que ésta llora desconsolada, su rostro es distinto ahora y un semblante oscuro oculta las miradas que atraviesan una sala sin ventanas, hecha de piedra donde la única luz está en un pequeño podio, donde en lengua conocida por él dice: “AQUÍ YACE JUAN ANTONIO DE CASTILLA Y CASTIDAD, INTENTO DE REY IMPURO, QUE POR SU SANGRE DÉBIL NO PUDO ENGENDRAR VERDADERO HEREDERO ALGUNO, Y POR EL CELO DE SU ESPALDA NO PERMITIÓ QUE HOMBRE ALGUNO TOCARA A LA HIJA MÁS HERMOSA DE LAS TIERRAS DEL ESTE”.

Un duro y agitado despertar siguen a la fuerte impresión vista cual premonición dolorosa, que no deja de rondar la cabeza del supersticioso caballero, determinando únicamente un frío y terrible destino no solo para él, y cuyos alcances solo el tiempo, ya de ante mano oscuro, podrá develar.

Nueve meses pasaron entre fiestas y algarabía, tierra próspera y abundancia siguió a los meses de la concepción, por lo que el español entendió levantada toda maldición, y olvidado el sueño amargo de desventuras; sin embargo, el día del parto el único que no ostentaba sonrisa alguna en su rostro al ver a la criatura nacida era Juan Antonio, quien miraba con ceño fruncido a su descendencia… una niña… la maldición continuaba.

El ofuscado hombre buscó a un sacerdote que le absolviera por odiar a su propia hija, pero la penitencia solo podría ser otorgada si él dejara esos malos sentimientos y aceptara a su prole, cosa que no podía hacer; por lo que su alma se consumía día a día sabiendo que no podría salir jamás de su penuria ya que no lograría obtener la redención ni el perdón.

Durante los años venideros el desdén de Juan Antonio para con su hija era bastante obvio, ni siquiera permitió que se le enseñase el idioma de su padre, por lo que aprendió únicamente a hablar francés, el contacto paterno que tenían era casi nulo, su madre se ocupaba de ella; el carácter del pecador cambió radicalmente, pensó que la deshonra de la familia de su esposa impidió que la maldición de la suya se levantara plenamente… “los pecadores no deberían engendrar” pensó por un momento.

El desdén que empezó a tener por su familia se reflejó en su cuidado de la tierra, dejando que todo tipo de personas trabajaran y vivieran en sus dominios; así se ganó las miradas recelosas de radicales religiosos que aun sentían muy de cerca las heridas de la guerra; y fue con estos recién llegados a su tierra que empezó a pensar en otras formas para obtener lo que anhelaba, el primogénito; una anciana de descendencia árabe le dio a beber una poción especial que debía ser ingerida en una fecha específica, después de cierta cantidad de días del período de su mujer, debía acostarse con ella habiendo injerido la poción.

Tras haber cumplido lo que dijo la anciana, al poco tiempo su esposa esperaba una vez más descendencia, ella no se mostraba demasiado contenta, pero debía cumplir sus obligaciones maritales; a esta fecha la joven Anaís Petit de Lion no había recibido correctamente ni siquiera el nombre de su padre, cosa que su madre prefirió guardar en secreto también, la niña ya tenía tres años de edad y esbozaba sus primeras palabras en francés; pero cuando esperaba a su siguiente hijo su esposo volvió a ser el hombre amoroso y atento con el cual desposó, extrañada ella decidió seguir con él mientras esto le sirviera para proteger su propio nombre y a sus hijos.

Nueve meses pasaron, la expectativa hizo que Juan Antonio tuviera preferencias para con los árabes, quienes hasta el momento habían hecho posible que su esposa una vez más concibiera; pasado el tiempo de gestación menos de la mitad de los pobladores de sus dominios eran católicos, y los que se encontraban aun ahí estaban bastante incómodos…; hasta que llegó el día del parto, quien recibió esta vez al bebé era una curandera árabe, no una partera católica, esto alarmó un poco a Ámbar, pero no podía hacer nada; menos al ver la sonrisa en el rostro de su marido al ver la llegada de lo que buscó por tanto tiempo, un varón.

Hubo fiesta y alegría en el pequeño poblado y se corrió la voz que Juan Antonio recibiría alegre a todo aquel familiar de los que hicieron este milagro posible, con lo que sus tierras se poblaron de árabes, gitanos y sarracenos, cosa que a él no le importaba, pues los veía como buenos trabajadores.

La pequeña niña vio como toda la atención del pueblo iba a su hermano, y desarrollando rápidamente inteligencia superior aprendió a la pronta edad de cuatro años lo que era “la envidia” y entendió lo que significaba “maldición”, al escuchar en todo momento de su padre que la maldición de su familia se había levantado con su segundo hijo.

Cuando la pequeña niña cumplió los cinco años dominaba perfectamente el francés, aprendió a esconderse de las miradas acusadoras de su padre, aprendió a ser dulce y ligeramente hipócrita con los que le rodeaban para que le prestaran una ínfima atención, antes de recordar que era la última criatura maldita de la familia de Castilla y Concepción, fue entonces cuando su pequeño e inocente corazón no pudo soportarlo más.

Esperó a que su amorosa madre y su enfermizo padre durmieran para acercarse al cuarto de su pequeño hermano, quien no solo tenía una habitación mucho más grande que ella, sino que las comodidades que gozaban eran tan distintas como las que goza un Rey y un caballo; se acercó sin hacer ruido, se acercó temblando, se acercó… con un cuchillo.

A la mañana siguiente la sonrisa de Juan Antonio se convirtió en un grito profundo y la más inconsolable desesperación; su único hijo había sido asesinado, busco por doquier al culpable, ofreció recompensas indiscriminadamente, hasta que uno de los pueblerinos encontraron a la niña envuelta en trapos ensangrentados con los ojos abiertos como luna llena llorando desconsoladamente mientras temblaba en un granero.

El padre amoroso se convirtió ya no en tirano, sino esta vez en monstruo, mandó traer a la criatura a quien golpeó con un garrote hasta dejarla inconsciente, pero no antes de hacerla ver como desollaba a su madre viva, los gritos de dolor del único ser que en verdad la amó eran como rayos que partían en pedazos el pobre corazón de la pequeña, lo que marcó permanentemente el alma ya herida de la niña.

Ciertas noticias corrieron por tierra santa, hasta llegar a los oídos de los templarios del oeste, quienes guardan la frontera principal de Jerusalén; noticias de un tirano loco, que después de haber dejado entrar a pecadores incrédulos a sus tierras asesinó a su hijo menor y torturó a su esposa, y que actualmente su pecado llega a mantener en el calabozo a su hija de apenas cinco años de edad.

La indignación de los Templarios de Nidorak era incalculable, se reunieron cuatro batallones enteros y se dispuso que se recobraría esa región para la mayor gloria de Dios exterminando a todos los pecadores.

Tras dos semanas a caballo se encontraron en los límites de la pequeña Castilla y Castidad; el capitán del primer batallón Jean Jack Rousou arremetió con fuerza, el resto se ocuparía de que nadie escape a la voluntad de Dios.

No hubo batalla alguna, fue una masacre, el pueblo entero fue arrasado, los pocos católicos que quedaban dirigían el camino de los corceles y caballeros a los escondites para que aniquilaran a los infieles; y solo tras exterminar al pueblo entero se dirigieron al palacio del dueño de esas tierras, apoyados claramente por todos los sobrevivientes; al entrar al salón principal del palacio Jean Jack estaba preparado para enfrentar personalmente al tirano en lucha de uno contra uno, pero ni siquiera todos sus años de crueles batallas le prepararon para lo que él y sus más fieles hombres vieron.

El suelo pegajoso no estaba sucio de vino ni de comida, sino de sangre seca, pero esta masa pegajosa se dirigía como una especie de riachuelo a un lugar en específico del salón, en donde estaba lo que alguna vez fue una hermosa dama, ahora empalada, y en el centro del lugar una figura delgada descontrolada que agita su mano velozmente contra una criatura pequeña, eran las cuatro de la tarde, hora a la que le tocaba siempre a la niña sus cincuenta golpes diarios como penitencia por su pecado…

La ira del caballero excedió lo que jamás había sentido, se abalanzó sobre el demente como una fiera hambrienta sobre una presa desprevenida, la locura de Juan Antonio llegó a tales extremos que no se había percatado de la existencia de los templarios, lo único que importaba era la venganza, golpeaba a la niña cincuenta veces diarias a las cuatro de la tarde, la despertaba a las tres de la mañana tirándola al agua helada, se dormía a la intemperie junto a los animales del granero… toda tortura que se le ocurriera al desequilibrado dueño de una tierra ya muerta, con tal de que no la matase…., la niña está casi concientizada con su destino.

Cuando estaba por propinar el golpe número veintitrés siente algo raro, y de un momento a otro se da cuenta, su mano ya no está pegada a su brazo, sino que está tirada en el suelo cerca de la niña, un grito grave de dolor trata de salir de su boca, pero antes de que lo logre su garganta es cercenada y su cabeza vuela por lo alto del palacio.

La niña no llora, no grita, no se horroriza, ya nada le impresiona…; el templario la levanta con cuidado, la niña no se queja, sus heridas aun sangrantes dan la única mancha de sangre en la armadura del temible caballero; la cubren rápidamente y la sacan de la habitación en la que yacen juntos su madre y su padre a solas por última vez.

Se le prende fuego al pueblo entero, la niña es transportada junto con los demás sobrevivientes en una carreta, camino a la ciudad de Nidorak, hogar de los templarios; pero cuando están emprendiendo camino, al salir de los portones de la ciudad, el batallón de Jean Jack se encuentra con la sorpresa de que el ejército que quedó afuera para evitar que alguien escape de la ciudad fue totalmente aniquilado.

Antes de que puedan ponerse en posiciones de batalla cuerpos empezaron a caer, la oscuridad les impedía ver claramente a sus atacantes, parecían ser más de treinta, estaban siendo rodeados rápidamente, las tropas se pusieron en formación de modo que los sobrevivientes que no pelearían estuvieran al centro, pero el miedo invadió sus corazones, caían uno tras otro, Jean Jack vio por primera y última vez a los demonios sarracenos.

Cuando ya todos los cuerpos estaban en el piso, de las sombras salían cuerpos, eran apenas siente, pero habían destruido un batallón entero de los más valientes y temibles defensores del catolicismo, los templarios, en ese momento se escucha de una duna una risa gentil y a su lado una voz de hombre “te falta uno”; una de las siluetas voltea y empieza a buscar, cuerpo por cuerpo acuchilla, mueve, muerde, ladra… nada, mira una vez más a la duna de donde viene aun la voz “te sigue faltando uno” mientras la risa gentil se acerca al lugar de la masacre, ahora son las siete siluetas las que buscan sin cesar hasta que la risa llega al medio del campo de batalla y levanta un cuerpecito, delicado, una niña, llena de heridas, pero al percatarse mejor los guerreros, su instinto asesino les dice que no todas esas heridas son nuevas, algunas ya tienen varios días de haberse cerrado, estaba escondida entre los cuerpos ocultando lo más posible su respiración, desapareciendo su existencia.

La risa se detiene, “abre los ojos pequeña, me intrigas, como un pequeño ser como tu pasó por aquí sin temer a los guerreros que tiene en frente…, ya veo, no le temes a la sangre ni al dolor…, si, tu servirás…”.

La pequeña niña estaba en los brazos de una bella mujer, que después se presentó como Beatriz, bruja de Alamuth, ella le enseñó a la pequeña Anaís la verdadera guerra santa, la Yihad, le enseñó la existencia de seres sobrenaturales, le enseñó artes ocultas, le enseño la lucha entre seres de clanes distintos, le enseño las puertas de la magia y el conocimiento; siete años la tuvo bajo su cuidado, hasta que la soltó en una ciudad católica a que le trajera la cabeza de un caballero de nombre Minhal, un simple humano, pero en lo que nunca se adiestró a la ahora joven Anaís fue en batalla, como derrotar a un caballero… con inteligencia, esperó a que el valiente sujeto se dispusiera a descansar en una posada, la joven entró a hurtadillas, se hizo pasar por servidumbre del lugar y envenenó al guerrero…

Habiendo probado su falta de miedo, su compromiso y sus capacidades, fue aceptada entre los hermanos, sería “abrazada” por Beatriz; pero tras una deliberación se sostuvo que sería aun así peligroso abrazar a alguien que es de sangre extranjera al linaje, este debate desembocó en que se mandaría a la joven a tierras áridas donde se encuentra la “Junta de Casta y Dharma”, en la India.

En este lugar conocería a los Sadbu, brujos de la India pero poseedores de la Sangre de Hakim; serían ellos los encargados de terminar su instrucción y otorgar el abrazo con la bendición de Alamuth.

Llegar resultó ser un hecho bastante rápido gracias a ciertos rituales de los antiguos brujos de la ciudad; pero la nueva instrucción probó ser tanto o más dura que la ya impartida; tres largos años le tomaron a la joven ser reconocida por su nueva mentora, Shithai, tiempo en que Anaís se convirtió en una hermosa joven, no muy alta, de cabello largo, ojos grandes, sus heridas borradas, su sonrisa aflora, se convierte en lo que para los antiguos de Alamut y la Junta de Casta y Dharma será un perfecto infiltrado…

Así deciden que Shithai la mandará a su última travesía antes de su abrazo, caminar por las tempestades de la tierra y encontrar el favor divino que se le otorgaría, para obtener su propio sannyasa.

Deambuló por el desierto por un año antes de encontrar algo extraño en las dunas del sur, en donde la arena era la misma que en todo el resto del desierto, pero inexplicablemente unos signos se mantienen aun contra el viento, agua, o los mismos pasos de la bella joven.

Les observó durante unas horas, tratando de entender su significado y su razón de existir, pero todo su ingenio no hacía más que causarle un constante y penoso dolor de cabeza.

Todo siguió igual durante dos noches, hasta que en el alba del tercer día escuchó una voz que le dice:
- Bienvenida “La Hambrienta”, esta noche estaba predicha, aunque los ríos siempre cambiantes del tiempo te trajeron antes de lo que yo esperaba; aun así, tu persistencia ha probado ser lo más cercano a un destino dentro de lo que la lujuria de la manifestación me mostró dentro de la vida que se lleva la sangre dentro de la esfera de la oscuridad eterna en el alma de la eternidad.

La joven moza al escuchar semejante motivo, da vuelta y se retira dos pasos para atrás y recurre a lo único con lo que cuenta, empieza a analizar minuciosamente la situación para encontrar una forma de atacar si es necesario, al menos una distracción que le permita huir.

La mujer, desaliñada, sucia, descuidada, pero sonriente, una falda larga hecha de pieles, y un traje roto de cueros de animales; la mira fijamente y no cesa de sonreír mientras de su mano caen unos pequeños huesos de animales muertos ya hace años envueltos en polvo, pero de inmediato se siente una potente fuerza que emana de ellos.

El extraño personaje se lanza al suelo y mira detenidamente las formas óseas distribuidas aleatoriamente en la candente arena, sin embargo Anaís ve a la persona delante suyo asentir con la cabeza, como si viera algo en cómo han caído los pequeños objetos.
- Sí, sí, es cierto, ella es una de ellas… (levanta la mirada mientras suelta una carcajada), tú serás la que más sufrirá (señalando a Anaís) de entre todos los que la búho me ha mostrado, pero la ciervo dice que serás imponente, y aunque el lobo diga que tú eres peligrosa el oso dice que debo enseñarte.

La mujer se levanta y empieza a rondar a la bella dama; Anaís no se inmuta, se muestra completamente tranquila ante la extraña figura (o al menos lo aparenta, pero su corazón late como no lo hacía hace años); se mantienen así durante unos segundos hasta que sus miradas se cruzan y de inmediato ambas sienten la bofetada del destino, el tiempo parece correr más lento, el viento deja de soplar, el calor mengua, la luz se apaga, la arena se aparta y las runas que se mantenían en la arena durante tantos días se levantan…

Por un segundo Anaís vuelve a sentir aquel miedo que había perdido hace años, pero la impresión pasa casi de inmediato y se siente una cálida caricia que llena de tranquilidad a la muchacha; siente la risa detrás de ella pero ya no la alarma, no la inquieta, ni siquiera la molesta; y es en este momento que ve las runas brillar delante de ella y una a una introducirse en su delgado cuerpo; con cada bocanada de arena que se incorpora a su cuerpo en una espiral descontrolada sus recuerdos se entreveran y por momentos cree estar viendo la vida por otros ojos, hasta que de golpe todo se detiene y cae al suelo exhausta.
- Mi nombre es “Bera, la señora de las Llaves”; mis ancestros que viven eternamente en estos huesos me dijeron hace mucho de 5 llegados que cambiarán el mundo dependiendo de cómo se relacionen entre ellos; y uno de ellos por sobre todos será el que podrá guiar o destruir cuanto se encuentre en su camino, cómo, cuándo o por qué, eso dependerá únicamente de sus decisiones, yo solo debo prepararte a ti para ese camino.
- ¿Por qué a mí? –pregunto la joven.
- Porque eres tú a la que más me parezco, los demás tendrán el mismo don que te he regalado, pero a ti es a quien el oso sabio ha elegido para iniciar su camino con todo el conocimiento de mi pueblo.
- Entonces tú me darás aquel conocimiento que necesito para poder trascender en el mundo.
- No, no te equivoques; yo te daré mi conocimiento, lo que tú hagas con él será lo que cambiará al mundo… o te cambiará a ti jajajajaj (ríe Bera a carcajadas mientras saca una daga y se corta la mano izquierda); ahora mi camino termina, pero tú devorarás mi ser, terminarás mi enervada subsistencia en un caudal de dolor y ponzoñosa algarabía, porque tú serás la insatisfecha, la dolida, la sufrida… TÚ SERÁS LA HAMBRIENTAAAAA.

Al hacer esto lo que brota de la herida de la bruja no es sangre, es una especie de humo blanco que empieza a rodear a Anaís mientras la mujer delante de ella envejece a una velocidad alarmante.

Los recuerdos desordenados que agobiaban a la joven postulante empiezan a tomar forma, como si todo fueran recuerdos de Bera cuando vivía con alguien más, alguien que le daba sangre para mantenerla joven y a su lado, para que sea ella la que transmita su conocimiento… pues ambos vislumbraron en la penumbra de la adivinación una profecía tanto oscura como luminosa, tanto colorida como opaca, tanto lúgubre como alegre y tanto buena como mala…

Bera ha desaparecido, solo existen unas runas en la arena que dicen “mi camino cambia de rumbo, tú eras solo la primera, aun me falta mucho, pero mi camino acaba al encontrarse con un terrible destino, pues te dejo lo último que me ata a este mundo, mis huesos; tenlos contigo, ellos te dirán lo que tu inteligencia no pueda… claro, cuando aprendas a usarlos jajajaja…”

Solo en este momento la joven se da cuenta… puede leer las runas que antes eran tan inentendibles para ella; la impresión hace que se abalance sobre los huesos que yacen en el suelo.

La caída violenta levanta arena alrededor de ella, que se empieza a concentrar en los huesos que había dejado Bera, los cuales empiezan a volverse polvo, la joven Anaís frustrada trata de coger los trozos flotantes que se desasen con su toque, pero luego empiezan a unirse con la arena levantada y empiezan a formar una pequeña esfera traslúcida, casi completamente transparente, aunque algo opaca, poco más grande que su mano, y en diversos lugares de la esfera, en un ligero lato relieve, casi imperceptible cuatro runas:
- Ciervo.
- Lobo.
- Búho.
- Oso.

Sintiéndose protegida por la extraña esfera emprende por fin su camino de vuelta; desde ese momento, ocho caminos se abren en su mente, cuatro como senderos de dolorosa luz y cuatro como oscuridad acogedora; sin embargo ella aun no entiende mucho, solo comprende que consiguió lo que buscaba, y que es momento de regresar.

A su regreso la misma Shithai ve sus expectativas superadas, y con creces, por lo que decide ofrecerle el más grande de sus conocimientos, aquel que fue capaz de romper los límites de la realidad que la rodeaba, empezó a enseñarle el camino de la creación…, la “Brama-Yidya”; con ello su camino solo se verá limitado por su imaginación.

Tres años más de enseñanza pasan, y Shithai puede abrazar a una hermosa Anaís de dieciocho años de edad para regresar a Alamuth y presentarse con su señora de antaño, Beatriz, la que le dará su próximo destino en la vida.

Shithai mira con alegría a su chiquilla, y espera que ella traiga a los hermanos alejados de la “Ciudad en los cielos” la gloria que desde hace tanto merecen; anhelando que siendo ella la que lleva tanto la enseñanza de Alamuth como de la Junta de Casta y Dharma esté destinada a abrir los lazos de los conocimientos escondidos de ambas facciones.

Se encamina a la “Ciudad de las Águilas”, pero esta vez decide no hacer el viaje por el agua, sino decide hacerlo en la forma antigua, caminando por los pueblos de los Sarracenos, su última experiencia la fuerza a buscar más de aquella casualidad lujuriosa que el abrió los ojos a conocimientos que ningún otros en su grupo tenía.

Pasó cerca de un mes caminando, aprendiendo en cada paso tanto como podía, pero sentíase cada vez más insatisfecha, la ansiedad de conocer todo lo que cada pequeño lugar podía darle se mezclaba con la necesidad de llegar a la tierra que la salvó del salvajismo y ante su mentora legítima.

Ya casi a las puertas de su destino descubre un pequeño pueblo en donde, según se le dijo, entrenaban a los próximos “peregrinos” de la “casta guerrera”, por lo que debía ser un lugar que se transite con cuidado.

Casi media noche, y siente una ventisca extraña, como un mal augurio, se esconde entre las sombras como ya está acostumbrada, ve un hombre pasar con una daga extraña en sus manos, la reconoce, no debe estar en posesión de alguien distinto a su propietario, tiene los símbolos de su linaje de sangre, pero quien la porta tiene demasiado color en el rostro y respiración muy agitada como para poder ser descendencia de la “casta guerrera”.

Le sigue cuidadosamente, la aparente desesperación del sujeto por tratar de huir le vuelven descuidado, no se percata de Anaís hasta que es demasiado tarde, la joven cainita convoca todo lo que puede; frío, espíritus, susurros y por último una daga envenenada, que solo roza la piel de su objetivo y comprueba lo que pensaba, ningún vampiro caería con un veneno que solo atacase ganado…, el tesoro de su pueblo había sido recuperado.

Sin embargo ha surgido otro problema, si bien el tesoro había sido recuperado, ella tampoco era su legítima poseedora, por lo tanto su nueva responsabilidad era regresarlo lo antes posible, pero su preocupación residía en que un tesoro tan grande perdido estaría siendo buscado por los más diestros cazadores del linaje, que seguramente atacarían a cualquiera que no conocieran que portara el ancestral utensilio, y ella como recién abrazada, obviamente no sería reconocida por ellos como aliado.

Se arma de valor y decide hacer caso del consejo de Bera, la bruja que le dio el favor de las tierras del norte, se concentró todo lo que pudo y pidió consejo a la bola de cristal.

Las extrañas runas empezaron a emitir entre calor y frío, entre pulsaciones y palpitaciones, entre susurros y gritos, entre dolor y pena; pero tenuemente entendió las intenciones de la sabiduría de la naturaleza que le decía:
“Busca al “Devorador”, pues alimentándolo evitaras la verdadera boca del depredador que aun no ha desatado la cuerda de su cuello y ganarás salvaguarda de la bestia que aun no nace…, sigue el camino de las estrellas para encontrarlo y dale el instrumento de muerte que para él significa conservar la vida.”

Levantó entonces la mirada hacia el oscuro cielo y vio una única estrella que brilla en el firmamento en dirección al norte; decide seguirla.

Tras unos minutos en la dirección que le mostraba el firmamento escucha ruidos desesperados de pies que atraviesan vasijas rotas, voltea en dirección al sonido y ve a un joven, poco menor que ella, busca desesperadamente algo y… porta los símbolos de los pretendientes de la sangre…, seguramente era el discípulo de un cazador…; entiende entonces que encontró al “Devorador”, y que el instrumento de muerte es la daga, y que si este tesoro fue encomendado al joven postulante por su maestro, perderlo significaría fallar y por lo tanto perder la vida, contrario sensu, devolverlo sería conservar su existencia y buscar el favor de su señor.

Se acerca al muchacho el cual le resta importancia, al menos hasta que Anaís susurra.
- Devorador pretendiente de la sangre, no des la espalda nunca a nadie, al menos no hasta saber si es aliado o enemigo, tal vez por eso perdiste el tesoro de tu señor.
- ¿Quién eres tú y qué quieres? – preguntó el muchacho que se pone en posición de batalla.
- Así está mejor – dice Anaís – ya que los de los de tu casta deben estar siempre dispuestos a proteger, defender y destruir; cosas distintas perseguimos, pero todos seguimos el mismo camino hasta el Anciano de la Montaña, ¿no es así?
- Pero aquí solo están los hijos de espadas – dice el joven que ahora entiende que quien está delante de él es uno como aquél que le pone a prueba a diario – todas las demás castas residen en lugares distintos a este.
- Sí, dices verdad, yo estoy de camino a casa, pero mi casta a diferencia de la tuya, busca conocer antes de destruir, por ello yo decido alimentarme de todo lo que me rodea, mientras los tuyos lo devoran sin dudarlo, por eso ahora sé que tú has perdido algo que significa más para ti que cualquier cosa que pueda yo ofrecerte, o me equivoco.
- No señora, no se equivoca, así que si está usted de pasada debo dejarla y seguir buscando.
- No busques más – dice Anaís mientras saca de su túnica la daga – pues el tesoro ya ha sido recobrado, nadie que no tenga el linaje debe portar un instrumento como este, ten más cuidado la próxima vez.
- ¿Me lo entrega? – pregunta vacilante el fornido joven.
- Claro, yo no tengo nada contra los tuyos, y tu actuaste como yo esperaba, por lo tanto no tengo reparo, se que los de tu linaje tienen otras costumbres, deberás acostumbrarte a lidiar en el momento apropiado con cada una de ellas; ahora parto a donde el firmamento me lleve.
- Gracias señora, pero antes de partir dígame el nombre al que debo este favor.
- Anaís de la “Junta de Casta y Dharma”; si el destino quiere nos encontraremos de nuevo.

Con lo que sigue su camino.

Ya poco falta para llegar, pero las noches son cortas en el desierto y el caminar pesado, por lo que buscar mejores lugares para descansar durante el día son un lujo que debe aprovechar cada que puede, aunque esto signifique desviarse un poco de su senda.

Cuando se dispone a descansar ya cerca del alba en una cueva a los pies de una montaña rocosa escucha algo que la preocupa de sobremanera; un aullido largo y agudo, parece de un animal bastante grande que si le sorprendiera en la cueva desprevenida significaría su fin; por lo que decide salir antes que amanezca y enfrentar la amenaza ahora y descansar tranquila.

Confiada de que en su viaje no se ha encontrado con mayores peligros se acerca a la salida de la cueva, y siente como la esfera de cristal empieza a vibrar; una vez más se sienta en tranquilidad y trata de escudriñar los secretos que mantiene atrapados la bola de cristal.
“Cuidado con el “Cazador”, siempre está detrás de algo, aunque ello no siempre le lleve a buen camino, pero ninguno de los vientos debe dejar de soplar aun, su momento llegará, y ya sea que lleguen en bien o en odio de destrucción, serán guiados a la misma señal de vida.
El Cazador no teme, pero por ello tampoco mide, su imprudencia le cuesta más de lo que puede soportar y su encuentro con aquello que cree proteger fue más de lo que pudo soportar, ahora por ello está a merced de la carroña de la vida y pronto dejará de soplar.
No debe, pero sucederá acaso si es que los vientos no soplan a su alrededor.
El Cazador sin embargo atrae no solo al “Hambriento”, sino atrae también al “Explorador”, pues cada que algo muere debe renacer, y solo será posible si se encuentra, pero para ello se debe levantar todo aquello que esconde la vida, si la vida permaneciera escondida entonces no quedaría nada que destruir tampoco y el ciclo se rompería.
Los vientos soplaran hoy juntos, o no soplarán más.”

Completamente desconcertada, Anaís decide aun así salir y averiguar qué hay afuera.

Su sorpresa es grande cuando encuentra que la fuente de los aullidos no es ningún perro salvaje del desierto que ella pueda controlar; un ser enorme, seguramente más de dos metros, colmillos más grandes que las delicadas manos de la joven cainita, ojos enormes como lunas negras, garras brillantes como afilados cuchillos y un jadeo atemorizador.

Duda por un momento, escuchó leyendas de perros que andan en dos patas y son capaces de matar cientos de sarracenos en una noche…, ni que decir en un día; sin embargo a pesar de no tener herida alguna no es capaz de moverse, y un extraño brillo en sus ojos aun abiertos muestra un profundo dolor que Anaís no es capaz de comprender.

Su aullido nace otra vez pero cada vez se apaga de forma más dolorosa, entiende la dama entonces que la bestia esta en un dolor tan grande que no le permite moverse.

Duda por un momento, pero decide que no matará a la bestia, su jadeo se asemeja demasiado a la respiración que tuvo ella cuando se encontró con Bera, y es el mismo que tenía ese joven postulante que encontró en la ciudad de la “Casta Guerrera”; no entiende bien por qué, pero la esfera está marcando un camino que para bien o mal, la determinará por algún tiempo más, la curiosidad por ver lo que esconde la bola de cristal es demasiado grande, hará lo que le pide.

Usando el favor de la sangre logra sacar suficiente voluntad como para llevar a la enorme bestia a la cueva, le esconde con sus cosas y sale una vez más a la entrada de la cueva para asegurarse que ningún animal carroñero le siga.

Cuando sale a ver la luna por última vez esta noche ve a lo lejos una silueta extraña que se acerca, un caminar bastante pesado y lento, pareciera tener dificultades para andar, un balanceo de brazos bastante extraño, algo desigual.

Mientras se acerca Anaís se prepara como solo ella sabe, si bien el hambre está algo latente ya en su corazón, aun tiene muchos recursos que usar; ve como la silueta se detiene de golpe aparentemente al ver a la joven cainita en la cueva.

De improviso la figura pareciera desmoronarse en el sitio, empieza a encogerse hasta parecer una persona no más grande que la propia Anaís; empieza a acercarse más rápidamente, casi corriendo hasta que se torna completamente visible; es una joven, posiblemente de unos diecisiete o dieciocho años, ojos azules, cabello dorado, manos delgadas y blancas, piel tersa, una blusa descuidada y sucia deja ver su cuerpo delgado, y con especie de sonrisa temblorosa cae a los pies de la señora de la noche y dice suavemente.
- Tengo mucha hambre.
- Pero no tengo nada para ti – dice Anaís casi estupefacta ante el actuar de la joven – además, que haces en estos lugares.
- Yo recolecto, mis padres me mandaron en busca de riquezas, pero yo no sé nada de lo que me piden, perdieron la razón cuando fuimos expulsados del pueblo de Castidad y Castilla y yo…
- ¡ENTRA! – dice Anaís mientras sus ojos se abren como dos platos y su sangre hierve por un momento al recordar el dolor y el miedo de aquellos días que hace tanto dejó atrás.

La niña sorprendida se queda estática un instante pero decide entrar, ya que aunque la muerte le espere dentro de la cueva, no será peor que la vida que lleva hasta ese instante.

La hija bastarda de Castidad y Castilla aun recuerda con furia el apellido que le costó su alma, se acerca a donde la figura se convirtió en la dama que llegó hasta la cueva y encuentra una serie de objetos tirados en la arena, parecieran bolsas hechas de tela, decide ver su contenido dentro de su refugio temporal.

Antes de entrar a la cueva tapa parcialmente la entrada creando formas irregulares de piedra a la entrada, cada paso hacia adentro la ayuda a dejar atrás el dolor que revivió en ella al escuchar ese nombre.

Es entonces cuando recuerda, cómo podría reaccionar una niña que ha sufrido en el desierto al ver a una bestia gigantesca como la que guarda Anaís al fondo de la cueva; acelera el paso para tratar de calmar a la niña.

Su sorpresa es grande cuando ve a la joven descansando al lado de un hombre fornido tapado con algunas de las cosas que traía Anaís para su viaje; no le importó, se recostó cerca de donde estaban los otros dos y el sueño diurno la vence por completo.

Despierta la noche siguiente y se ve sola, con sus cosas a su costado y más allá lo que trajo la otra señorita; se levanta rápidamente y sale a la entrada de la cueva, ve a la joven que está tratando de ayudar al otro sujeto a levantarse; se acerca, toma al hombre fornido y como si no le importase lo regresa al fondo de la cueva.

Lo sienta apoyado contra el muro y se dispone a prender una pequeña fogata.
- Yo se lo pedía, pero no me quería escuchar, quería irse; dijo que debía partir, que lo están esperando – dijo la joven.
- Es porque él no pertenece aquí, pero creo que su curiosidad le costó más de lo que podía soportar y por cierto niña, cuál es tu nombre y qué traes en esas telas amarradas.
- Mi nombre es Filipa Deberoa; lo que hay ahí es solo cosas que encontraba en el camino, a ver si alguna servía para calmar la locura de mis padres.
- Ya veo Filipa, la verdad es que no tengo comida para ti, pero puedo darte algo aun mejor – mientras abría las bolsas de la joven Deberoa – ya que con lo que tienes aquí puedo darte algo que te ayudará a soportar pos varios días.
- Por favor si fueras tan amable… e…
- Llámame Anaís, y aquí también hay algo que podría ayudar a nuestro adolorido viajero.

Tomó muchas hierbas que tenía Filipa en sus bolsas y las hirvió en un tazón en la fogata, echaba muchas cosas, una tras otra, y en algún momento que la niña se distrajo vertió un poco de su sangre en el brebaje.
- Escúchame bien Filipa, estoy apagando la fogata, cuando el contenido del tazón deje de burbujear bebe un poco, y cuando te sientas mejor, dale de beber a él también.
Ambos se recuperarán sumamente rápido, si el destino quiere nos encontraremos los tres en el futuro, seguramente él te llevará a la siguiente ciudad y se irá, no lo sigas, pues pertenece a un mundo distinto al nuestro, aunque ahora esté perturbado por su viaje, cuando recobre todos sus sentidos no me querrá cerca.
Dejaré algo para ti a cambio de las hierbas que me llevaré, pero no se lo des a tus padres, ellos solo te destruirán, vive para ti, créeme es lo mejor yo lo sé.

Dejó entonces la cueva llevándose consigo las hierbas curativas que quedaban y dejando a cambio una gran piedra de oro que creó con el favor de su sangre.

Siguió su camino hasta llegar a la ciudad donde Beatriz le entrenó durante su infancia, y justo en ese momento siente como la esfera que carga desde hace un tiempo empieza a calentarse; se aleja por un momento de las calles mientras mira fijamente la bola de cristal y se concentra profundamente.

Siente un fuerte vértigo y por instantes ve sus manos sumergirse en la esfera, pareciera tocar el interior mientras una voz le dice suavemente.
“El “Forjador” tiene dicha en su arte, sus capacidades serían notables si no dudara tanto de sí, pues esa es su maldición, haber existido para ver a todos sus queridos perecer y no haber podido hacer nada; por ello tanta creación a su disposición carece de espíritu y vida, pues perdió la suya hace ya mucho.
Recupera la vida del “Forjador” y su soplido de creación hará florecer lo que el “Explorador” encuentre, por eso ninguno de los vientos debe dejar de soplar, pues el círculo no debe acabar jamás, ya que si en la falencia de uno el otro desborda, no hay mal o bien en tu andar”.

Tras recobrar la conciencia después del lapso mental ocasionado por la visión, se levanta y aun pensativa se dirige al corazón del pueblo en busca de Beatriz; cuando empieza a escuchar una serie de golpes sordos y secos, como de metal siendo chancado una y otra vez.

Sigue el sonido hasta llegar a una herrería, donde una única luz la lleva a la fundición, algo atemorizada por el calor camina más lento, pero no deja de avanzar; ve dentro del lugar a un hombre cubierto de ropas negras.
- Ya no hago trabajos para nadie, retírese – dice el hombre de negro que ahora deja ver su tez ligeramente oscura.
- Y para quien trabajas entonces – replica Anaís.
- Solo para mis recuerdos.
- Los recuerdos de los seres caídos no son más que una excusa para ensuciar su nombre.
- ¡Y quién eres tú para juzgarme de esa manera! – grita el sujeto mientras lanza el martillo caliente que tenía en la mano derecha.
La joven Anaís a duras penas esquiva el golpe, pero más por lo desviado del lanzamiento que por los dotes de la dama.
- Alguien que ha sufrido cosas tan dolorosas que muchos preferirían la boca del infierno antes que padecer aquello a lo que yo sobreviví.
- Cómo eres capaz de decir eso en este momento…
- Yo digo lo que siento, porque aprendí a no temer represalias en estos lares, sin embargo tú tampoco temes ya que debes saber de los demonios que habitan y gobiernan estas tierras y aun así atacaste al primero que entró por tu puerta.
- Ya nada me queda, mátame si eso deseas, mi hijo murió defendiendo a su madre de bestias del oriente…, nadie, ni siquiera los guardianes de la ciudad pudieron ayudarles, no llegaron a tiempo; solo atraparon a uno que se regocijó quitándose la vida a sí mismo.
- Pues entonces por qué el lamento, no lo entiendo, eres vago y de espíritu débil, pero tus creaciones son llenas de espíritu – dice Anaís mientras acaricia los instrumentos que el herrero forjó – si lo que deseas es morir no hay remedio, sin embargo eso que le traería a tu hijo que luchó contra un demonio para proteger a su madre.
- Yo… no la entiendo.
- Sencillo, tu eres de aquellos que puede transmitir su esencia a los filos de las espadas; entonces ofrécele ese conocimiento a los demonios del lugar a cambio del poder para llevar justicia a la tumba de tu hijo…, al cabo de siete años podrías estar tu de caza de aquellos que inmolaron a tu señora.
El hombre se tiene a los pies de la joven vampiresa.
- ¿Tú podrías abrirme la puerta de los guardianes de la ciudad?
- Podría, si aseguras que recobrarás tu toque en el martillo; si es así entonces vamos.

Anaís da media vuelta y empieza a andar; el hombre se levanta y presuroso toma el martillo lanzado y va tras la bella dama.

No hablan, la señorita De Lion ni siquiera voltea, solo siguen hasta llegar a una casa aparentemente deshabitada, entran y de inmediato son rodeados por varias figuras oscuras; al instante el herrero empuña su martillo, pero la pequeña cainita se lanza al suelo.
- Mi señora, soy Anaís, he regresado – dice la damisela mirando el suelo.
- Ya lo veo – se escucha de una de las siluetas que se acerca con tono alegre – y si eso es así, significa que te puedo ver ya como una hermana, no hace falta entonces que te arrodilles ante mí pequeña.
- He esperado mucho tiempo esto mi señora, porque yo soy una de las pocas criaturas de la noche que puede decir que tiene dos madres, no solo quien me dio el abrazo, sino quien me dio la sabiduría para llevarlo a cuestas – dice Anaís mientras se levanta.
- Y qué me has traído – susurra Beatriz mientras se acerca al herrero.
- El herrero del pueblo.
- A sí, el forjador virtuoso que perdió el ansia de vivir al perder a su prole; lamentable, Agadur el Visir de Hagshagal le iba a tomar como aprendiz antes de que perdiera su espíritu de lucha.
- Pero lo he recuperado – dice el hombre con voz quebrada – gracias a la bella dama, quiero el poder para traer justicia al nombre de mi hijo… si usted me lo permite.
- Ya veo – dice Beatriz mientras da la vuelta – entonces llévenlo donde su nuevo señor para ponerlo a prueba.
- Si el destino quiere, nos volveremos a encontrar “Forjador”, hasta entonces – dice Anaís mientras se llevan al aun asustado recipiente.
- Has hecho bien mi niña, has avanzado mucho en verdad, no solo en conocimiento, sino también en habilidad; has probado ser digna de lo que se te ha otorgado ahora vamos, que llegas en el momento justo.

Beatriz se aleja con Anaís y le explica los recientes acontecimientos y la innegable oportunidad que ha llegado a sus tierras; sería un saludo corto y una apresurada despedida, pero así lo dictamina “El Viejo de la Montaña”, partirá la noche siguiente sin saber hasta cuando, en busca del conocimiento que favorezca la balanza a su linaje en esta guerra santa.

Debe entonces encaminarse a tierra de occidentales y servir desde ahí a su causa; empezando con un tedioso camino a Yuerken, una ciudad controlada por los hijos de Jerusalén.

Las noticias dicen que se reunirán en ese lugar muchos cainitas para celebrar el abrazo de un importante personaje, por lo que todos los del linaje conocido como Toreador serán recibidos como hermanos a tal evento; así que se encaminará a esta ciudad con el nombre que se le fue otorgado hace muchos años, Anaís Petit de Lion.

Al llegar a la ciudad, fue bien recibida, su mentora y sus dos hermanas arreglaron las cosas para que se pudiera guiar apropiadamente entre esa clase, sería relativamente fácil moverse en un círculo como ese; ella pensó que entraría y simplemente viviría dentro para poder regresar a Europa con alguien y cumplir su labor de forma fría y calculada como siempre, pero al ingresar tuvo una visión como ninguna otra.

Habiendo vivido tiempo entre dolor y oscuridad, jamás conoció la belleza, es cierto que su mentora era considerada una mujer muy hermosa que maravilló su vista cada noche, pero jamás vio a tantas personas con esa misma característica, entró en un salón muy iluminado lleno de personas con vestidos muy opulentos y grandiosos, en ese momento se dio cuenta de que ella era (al contrario de lo que pensó) una de las peores vestidas.

Pero ello no interesó, ya que en un instante toda su preocupación desapareció y su atención se centró en un solo lugar, nada más importaba, había personas hermosas, adornos preciosos, tesoros, joyas y alimento, pero nada importaba, solo una mujer, una hermosa mujer, pero su hermosura sobresaliente no pertenecía directamente a su aspecto en comparación a los demás, sino en la familiaridad de su rostro…

Una Joven de Europa, de Francia para ser más específicos, atractiva a la vista, muy bien vestida de nombre Anne Marie había llegado ya que su sire era quien iba a abrazar a un importante señor feudal, y era motivo de celebración; el parecido que tenia esta bella dama con la difunta madre de Anaís le robó todos los sentidos por un instante, pero fue lo suficientemente largo como para que muchos de los presentes notaran la sobrenatural atención que le prestó Anaís a Anne Marie; la cual optó solo por sonreír.

No pudo soportar la tentación de acercarse y conversar con ella, hablaron durante varios minutos, Anaís no podía esconder su admiración, a lo cual Anne Marie no podía evitar sentirse ligeramente honrada, ambas rieron alegremente, hasta que todos en el salón cambiaron sus sonrisas por rostros fríos de preocupación…

Una serie de aullidos a las afueras del castillo alarmaron a todos los presentes, no eran aullidos normales, venían de varias direcciones, como organizados y acercándose cada vez más al recinto, Anne Marie desesperó por un momento, Anaís como siempre mantuvo la calma ante el peligro acechante y se dedicó simplemente a buscar vías de escape.

Las trompetas de alerta y los gritos de los guardias hicieron que los cainitas empezaran a reunirse en grupos, Anne Marie se pegó a su sire, Anaís se le acercó, empezaron a escapar por los corredores pero ya era demasiado tarde, perros parados en dos patas se pusieron al frente del grupo de Anaís, ella trató de escapar esquivándolos, saliendo con tan solo unos raspones en la ropa, pero al volverse se dio cuenta que no la seguían, sino que los lupinos afilaban sus garras mirando fijamente a Anne Marie su sire y dos sujetos más como si alguno de ellos fuera su objetivo principal.

Empezó una lucha en la que claramente la joven que llamó la atención de Anaís no podía participar, un lobo calló rápidamente ante un ataque fugaz de los tres seres que dejaban sombras tras ellos en cada paso, enfocándose en un solo objetivo le derrotaron, sin embargo, cuando terminó de caer el primer gigante, el segundo ya había igualado la velocidad de los vampiros atacantes y de dos zarpazos veloces partió en dos a uno de ellos, los dos que quedaron encararon al enorme animal, pero la batalla ya estaba decidida, cayendo ambos al suelo heridos de muerte el lobo se acercaba a la frágil Anne Marie, quien miraba aterrada como se acercaba la bestia mientras su sire gritaba que se alejara de ella.

Pero cuando todo parecía perdido, el lobo sobrenatural cae de rodillas, y empieza a toser, el pelaje empieza a caer, y Anne Marie ve como detrás de la bestia estaba Anaís balbuceando palabras inentendibles para ella, sus ojos abiertos completamente, sus colmillos saliendo, pero sangrando al mismo tiempo mientras toca el lomo del animal, el cual se empieza a brillar como si su misma piel fuera de plata; la bestia aúlla, mientras cae inconsciente al suelo y se transforma en una persona desnuda.

Anne Marie entiende entonces que de alguna forma Anaís se las arregló para derrotar a la bestia, acercándose ahora las dos jóvenes a los caídos, el sire de Anne Marie le ruega a su hija que no deje su linaje desaparecer y dar prosperidad a su sangre, es entonces cuando bebe de su maestro, cuando ve caer inconsciente a la doncella, Anaís ve como el otro sujeto deja de ser moribundo para convertirse en polvo.

Al despertar el castillo está en ruinas y Anne Marie llora sangre espesa; mientras se da cuenta que su maestro ha desaparecido, Anaís la abraza, ambas se miran un corto instante, se levantan y salen del castillo destruido por garras y colmillo.

Los sobrevivientes se reúnen y algunos proponen turnos de guardia, otros piden salir cuanto antes, pero todos al final concuerdan en que deben mantenerse unidos; es en este momento que Anaís aprovecha para mantenerse lo más cerca posible de Anne Marie, quien se cobija a gusto en sus brazos.

Pasados unos días, llegó un grupo de Cruzados que escoltó al grupo de sobrevivientes a la misma Jerusalén, en donde Anne Marie invita a Anaís a quedarse en sus aposentos; la joven Assamita acepta aun algo nerviosa por los sucesos y por su misión de infiltrarse, pero no está segura de sus sentimientos respecto a la doncella que le acoge.

Dentro de los aposentos, habiendo ya pasado casi un mes bajo asedio y tensión, habiendo conversado y compartido miedo y dolor, Anaís empezó a sentir cierta afinidad con Anne Marie, y decidió que ella bien podría ser su entrada al mundo antiguo, pero que de ser así, podría ser más bien un aliado y posiblemente un convertido.

Tras esa decisión, decide la tercera noche que pasó al lado de la bella dama, se acerca mientras ésta se encuentra mezclando diversos líquidos; casi en un susurro le interrumpe…
- Bella dama (dijo Anaís), tengo algo que decirle…, la verdad es que… no soy…
- Shh (dijo Anne Marie mientras ponía su dedo entre los labios de Anaís sin dejar de mirar sus tubos y botellas) no tienes nada que decir que ya no sepa bella dama; no debes subestimarme, lo supe desde el momento en que me salvaste; (levanta suavemente la mirada hacia su visitante) no tienes nada de qué preocuparte, ahora iremos juntas a mi tierra y ahí seremos lo que nos toque ser, lo que sea será, y los secretos los guardaremos juntas…

La noche siguiente, Anaís adopta a una de las sirvientas personales de Anne Marie para tomarla como suya propia, para ser el vínculo de ambas con el día; después de entrenarla por tres meses la pareja decide que es momento de regresar a Europa, a escapar de la locura de la guerra y la muerte insulsa…

N°4
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